Maltrato por omisión

La Organización Mundial de la Salud (OMS) entiende que el maltrato infantil como “los abusos y la desatención de que son objeto los menores de 18 años, e incluye todos los tipos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder”. De acuerdo con los datos publicados por esta organización en Enero de 2014 un 23% de las personas de ambos sexos refieren haber sufrido malos tratos físicos en su infancia, así como, un alto porcentaje de niños que sufren maltrato psicológico u otro tipo de desatención.

 

Concretamente, en el año 2006 un 0,98% de los niños y niñas menores de 4 años eran víctimas de malos tratos, cifra que aumenta significativamente cuando los menores tienen entre 5 y 15 años, llegando hasta el 3,64% (según las cifras de la Encuesta Nacional de Salud del Instituto Nacional de Estadística).

 

Aunque el tipo de maltrato más reconocido es el de tipo físico, existe un tipo concreto que es el más frecuente, llegando a abarcar un 70% del total de situaciones de maltrato. Estamos hablando de la negligencia, también llamada maltrato infantil por omisión, que hace referencia a situaciones en las que los cuidadores, padres o madres, no proporcionan la atención mínima necesaria a sus hijos e hijas para poder dar respuesta a sus necesidades básicas. Estas necesidades van más allá de proporcionarle una adecuada alimentación, salud y protección física, sino que también implican la estimulación y el fomento de la interacción social.

 

Por lo que no se trata tanto de un maltrato activo, en la que los padres directamente realizan alguna acción que provoque algún tipo de daño en el niño o la niña, sino justamente por el fenómeno contrario, es un tipo de maltrato pasivo en el que los cuidadores no responden a las necesidades que presentan los menores.

 

Existen diversos factores que se han identificado como posibles indicadores de riesgo de una situación de maltrato infantil, asociados a características de los propios menores, de sus cuidadores o características de las relaciones que establece la familia. Entre los factores de riesgo asociados a los padres o cuidadores se encuentran elementos como: 

 

  • Dificultades para establecer vínculos afectivos con el hijo o hija
  • Antecedentes personales de maltrato infantil
  • Falta de conocimiento o expectativas no realistas sobre el desarrollo infantil
  • Consumo de drogas o alcohol
  • Dificultades económicas
  • Enfermedades mentales
  • Etc.

 

 Estos elementos de riesgo se asocian a situaciones de maltrato, pero ¿es sólo una cuestión conductual o situacional la que está determinando que una madre sea negligente o no? Esta cuestión ha preocupado a un grupo de investigación de la Universidad de La Laguna, que ha estudiado otro tipo factores asociados a la “insensibilidad” que presentan las madres ante las señales de necesidad que muestran sus hijos e hijas; concretamente a nivel neurológico.

 

Estos estudios han puesto de manifiesto que en las madres “sensibles” se observa la activación de un proceso neuronal automático de respuesta hacia el niño, con el fin de darle consuelo en situaciones de llanto; en cambio, en las madres negligentes “insensibles” no se presenta la activación de este proceso. Esta falta de activación puede ser la responsable de que no se llegue a identificar la necesidad infantil y en consecuencia no se responda adecuadamente a ella.

 

Por lo que es evidente que existe algo más de una decisión intencionada de no responder al menor, en un nivel mucho más interno existen diferencias que es necesario explorar para identificar las posibles vías de actuación en beneficio del menor, sus padres y la familia en su conjunto.

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